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Opinión | La fantasía de la policía


por María José Cantalapiedra

El pasado 10 de octubre Barakaldo Digital da el titular de que “policías municipales de Barakaldo se desnudan para un calendario solidario pro Stop Sanfilippo”. En el cuerpo de la noticia se recoge que en las fotografías “aparecen en algunos casos con sus armas oficiales, esposas y coches patrulla”. Cierto es que el objetivo del calendario es recaudar fondos para la asociación Stop Sanfilippo, que lucha contra esta rara enfermedad, y frente a tal noble causa no queda sino descubrirse. Cierto es que el día 15 de octubre otro titular anuncia que en apenas unos días los 4.000 ejemplares editados se han agotado, por lo que se hace una nueva tirada con otros 4.000 ejemplares. Esto es, que la iniciativa es un completo éxito y se alcanza el objetivo de recaudación.

Frente a estas dos certezas impecables del hecho solidario y noticioso hay una tercera: las fotografías que ilustran los meses del año son —mayormente, que diría el Fiti— un claro homenaje y una sentida evocación de la clásica fantasía erótica que envuelve a las profesiones con uniforme. La suma de torsos desnudos, ropa interior, esposas y armas no remite al “cuerpo encargado de velar por el mantenimiento del orden público y la seguridad de los ciudadanos, a las órdenes de las autoridades políticas” —definición que da la Real Academia del término policía— sino a espectáculos de striptease, en el terreno visual, y a discurso de Mujeres y Hombres y Viceversa, en el terreno conceptual.

Cierto es, también, que si el calendario hubiera concedido menor protagonismo al atractivo sexual que el cuerpo de nuestra policía desprende —o pretende desprender— es posible que se habría vendido menos y, por lo tanto, se habría conseguido menos dinero para la noble causa. Mas tradicionalmente ha sido complicado, cuando no imposible, mantener valiosos intangibles como la autoridad, la credibilidad, la profesionalidad y muchos otras cosas que acaban en dad, cuando el pantalón se retira para mostrar el calzoncillo o cuando el sujetador y la braga se exhiben en toda su plenitud.

Sí, ser objeto de deseo da subidón, y asimilarse, siquiera levemente, a iconos sexuales que aparecen en portadas de revistas cinematográficas, rebosantes de dicha y glamour, reporta una suerte de alivio colectivo, porque envía una señal de que en la anteiglesia fabril también hay rutilantes estrellas que inspiran pasión y tormento. Pero proporcionar esa fantasía le corresponde al artista, no a la policía.