Don Jesús: un hombre radicalmente consecuente

Jesús Pereña, en la misa de conmemoración de sus 60 años de sacerdocio, en 2013

por Mercedes del Hoyo Hurtado *


"Don Jesús no dejó de atender a quien se lo pidiera mientras tuvo fuerzas"

Conocí a Jesús Pereña hace más de 40 años. Él era el sacerdote que se encargaba de la catequesis parroquial en Santa Teresa; yo, una adolescente aprendiz de catequista. Las circunstancias familiares nos aproximarían más en los años siguientes y me darían la posibilidad de comprobar, en múltiples ocasiones, lo que admiré en él desde el principio: la integridad de un hombre radicalmente consecuente con su fe cristiana.

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> 7/01/2017. Fallece el cura de Santa Teresa Jesús Pereña


Lo que no pude prever entonces es que estaría tan presente a lo largo de mi vida. Don Jesús me casó, bautizó a mis hijos, les dio su primera comunión, celebró mis bodas de plata, estuvo a mi lado cada vez que tuve que despedir a un ser querido… Lo recuerdo aquí porque sé que muchos vecinos y vecinas de Bagatza podrán decir prácticamente lo mismo; no en vano, con sacerdotes como él, la parroquia y el barrio se fundían en uno y la iglesia se extendía más allá del pórtico y de las escaleras.

Los Reyes han sido extraños este año, en vez de traer, se han llevado un regalo. Esos Reyes Magos que tanto le gustaba celebrar a Don Jesús y que nos regalaron sobremesas en las que evocaba con cariño las travesuras de infancia en su Aldeadávila natal, sus andanzas en el seminario de Comillas, su paso por La Arboleda y, cómo no, su llegada a Barakaldo. Quizá esta fiesta le gustaba tanto porque era la exaltación de la inocencia, de esa inocencia que él jamás perdió.

Quizá también esa inocencia explique su extraordinaria labor al frente de la catequesis parroquial y su entrega a las primeras comuniones año tras año, sin perder la ilusión, sin que la indignación que le provocaban algunos “mercaderes” que ocupaban el templo le nublase la generosidad con que acogía cualquier atisbo de devoción en los que no lo frecuentaban.

En su sacerdocio, se dedicó especialmente a los más vulnerables: los niños y los enfermos, sobre todo los enfermos ancianos. Con buena o mala salud, con calor o con frío, fuera en un cuarto piso sin ascensor o en un primero, Don Jesús no dejó de atender a sus enfermos. En realidad, no dejó de atender a quien se lo pidiera mientras tuvo fuerzas; más allá de su jubilación, sí, porque él no concebía su fe como un trabajo y nadie se jubila de su fe.

Estaba para todos, para quienes creían y practicaban, para quienes sólo practicaban de vez de en cuando, para quienes querían creer. Todos le conocían en el barrio y, desde luego, más allá de él, porque muchos niños de los sesenta y de los setenta se lo llevaron fuera, le reclamaban para sus padres o sus madres o para ellos aunque ya no estuvieran en Santa Teresa.

Hoy, como cuando le conocí, si tuviera que destacar tres cualidades que le definieran, destacaría su profunda fe, su compromiso inequívoco con Dios y con el prójimo y su bondad extrema. Por lo primero, dejará huella en quienes compartieron sus creencias; por lo segundo, en todos, las compartieran o no.

Le echarán de menos en su Salamanca de origen, más que nadie su familia, su hermana Julia, sus sobrinos y sobrinas; le echarán de menos en Torrevieja, sus amigos y vecinos de muchas vacaciones, y le echaremos de menos en su tierra de adopción, los que fueron sus compañeros, los que fuimos sus feligreses, quienes tuvimos la suerte de conocerle de cerca y quienes lo vieron en la distancia más larga, porque, sin él, todos los que un día fuimos niños en Santa Teresa nos sentiremos un poco más huérfanos.

* Mercedes del Hoyo Hurtado es decana de la Facultad de Comunicación de la Universidad Rey Juan Carlos